Un año de conquistas

Primero Italia y ahora Estados Unidos: Marimar Sotelo, estudiante de Periodismo de Sagrado relata su experiencia durante este año de intercambio.

Foto: sumistradas

Por Marimar Sotelo
Estudiante de Periodismo

Para lograr lo que quería, no hallé otra forma que tirarme de pecho contra mi realidad financiera, opiniones, pronósticos y miradas de reojo, pero lo más difícil de batallar fue mi propio miedo. Confieso que tenía miedo de emprender, de fallar, de no reunir lo suficiente en mi maleta para montarme en ese avión sintiendo que todo estaría bien.

Trabajé en una compañía de seguros de vida para reunir dinero, solicité becas a las que cualificaba y otras a las que no. Me levanté temprano cada día -poniendo así a prueba mi ya superada aversión a madrugar- y repartí cartas junto a mi amiga-hermana del alma Jayleen Rodríguez, en las que explicábamos nuestro sueño de irnos de intercambio y cómo contactarnos en caso de que alguien quisiese ayudar.

Guantes, medias calientes, bufandas, abrigos. Cualquier tipo de colaboración fue bienvenida. Caminamos innumerables calles, estrechamos cientos de manos, nos sentamos a la mesa en defensa de nuestra petición con manejadores de hoteles y restaurantes e invertimos horas muertas en llamadas para concertar citas con dueños de establecimientos.

Foto: sumistrada

Tras meses de mucho, mucho trabajo, amanecidas, lágrimas de alegría, rechazos y retos enfrentados que me hacían parecer más dos ojeras ambulantes con piernas y brazos que un ser humano, el pasado 11 de agosto de 2016 me subí a ese avión que tantas veces sentí demasiado lejos.

La primera parada fue España. Mi papá es español y siempre quise conocer esa otra parte de mi familia. Una vez allí, toqué puertas que se abrían para dejar al descubierto rostros con narices y sonrisas parecidas a la mía.

Tras cada persona y el tiempo que compartí con ella, era como conectarme más a mí misma, atar cabos, descifrar una sección más del mapa de mi vida. Pisé Madrid, Pamplona, Zaragoza y Barcelona.

Comí riquísimo y engordé un poco también. Visité con mi papá los lugares en los que él creció, tomé café en el negocio donde mis papás tuvieron citas mucho antes de que yo naciese y compré la famosa lotería de Navidad… que por cierto no gané. (A todos los miembros de mi familia que compraron el mismo número que yo motivados por mi convencido comentario “este es el ganador”, mis más sentidas disculpas envueltas en risas).

Foto: sumistrada

Mi segunda parada fue Milán, Italia, destino oficial de mi primer semestre de intercambio en la Università Cattolica del Sacro Cuore.

Jayleen y yo fuimos las primeras en estrenar este nuevo acuerdo que ofrece Sagrado. Mis antecedentes académicos constaban de dos semestres de italiano que me hacían sentir casi trilingüe, hasta que pedir un capuccino se convirtió en toda una misión. Si se me antojaba algo más elaborado, mejor no les cuento las vicisitudes.

Vivir en la “Capital de la moda” me enseñó a ser sumamente creativa a la hora de mezclar piezas de ropa.

Antes de que el invierno llegase, Jay y yo compramos unas blusas bautizadas como “las hangueadoras”, y llegamos a utilizarlas de todas las formas posibles: con collares, faldas, pantalones, tacones, blusas por dentro, blusas encima, etc. Un día nos dimos cuenta de que en casi toda fotografía de cuando salíamos a bailar teníamos la misma blusa puesta.

“Es súper cómoda”, decíamos en pos de rescate, tratando de ignorar el hecho de que nuestro presupuesto no auspiciaba muchas opciones.

Cuando la situación alcanzó niveles más precarios, creamos un sistema llamado “Hoy yo me pongo la tuya y tú la mía”, basado en la compleja ecuación de intercambiamos “las hangueadoras”. “Válgame, nos vemos bien diferente”. Si lo repites muchas veces terminas creyéndotelo.

 

La renta en Milán podría considerarse el aspecto más costoso de la experiencia, pues fluctúa entre 450-700 euros el cuarto.

A esto debe añadirse el depósito y, en ocasiones, las utilidades se pagan aparte. Comer en bellos restaurantes y sentir que tu vida es una película es un lujo que todos deberían explorar, aunque preferiblemente no todos los días, o en un mes vas a asustarte cuando sumes los 40 euros de cada plato de pasta que te comiste alrededor del turístico Duomo. Cocina, prepara siempre que puedas tu loncherita.

Sí, esa de “Iron Man” o “Powerpuff Girls” que anda empolvada por desuso desde tu escuela elemental, porque por cada plato de comida que cocines estás abriéndote la ventana a un nuevo mundo. ¿A qué me refiero con esto? En Europa puedes viajar en bus, tren o avión a otros países por menos de de 25 euros si sabes cómo rebuscar. Irlanda, Suiza, Grecia, Rumanía, distintas partes de Italia como Roma, Venezia, Nápoles, los Alpes, Florencia y Torino fueron “nuevos mundos” que conquisté durante los pasados meses.

Entonces, al comenzar diciembre, también llegó la hora de hacer maletas nuevamente con motivo de la tercera parada dentro de este plan maquiavélico y ambicioso: mi segundo semestre de intercambio, esta vez en West Chester University, Filadelfia, Pensilvania.

Ahora sin amiga que me acompañe y el bolsillo raquítico por la “tunda” que le dio Milán; ahora, con la presión de buscar hospedaje otra vez, consciente de que ya la comprita bisemanal en el supermercado no sería dividida al 50% cuando llegase el temido momento de pagar en caja. Ahora… ¿Ahora qué?

Luego de cuatro meses en Filadelfia, los primeros cuatro de este 2017, puedo concretamente decir que nunca he sido más feliz. Es maravilloso cómo diariamente todo se alinea, más preguntas tienen respuesta, más personas como cuentas se añaden al brazalete de mi vida, menos miedos me frenan.

He aprendido que soy y llevo dentro todo lo que necesito. Valoro y cuido mi salud física, mental, emocional y espiritual. Si no sé, pregunto; si no tengo, pido.

Asimismo, me encargo de repartir mi luz y compartir cuanto poseo. En momentos de crisis, que no han sido precisamente pocos, se me ha caído todo menos las ganas, la fe y la esperanza.

El secreto para lograr los sueños se llama disciplina y se decora con locura. Lo bueno de empezar desde abajo es que ya se conoce perfectamente el fondo, damas y caballeros. Consecuentemente todo lo que camines, sin importar ritmo ni son, te acercará más a la meta. ¡Es impresionante a dónde podemos llegar si nos lanzamos!

Mientras escribo estos simples retazos de pensamientos en este momento, celebro cada puerta que toqué, sin detenerme a recordar si se abrió o no. Igualmente, celebro cada carta repartida que admitía necesidad de ayuda, cada donación de amigos y desconocidos, especialmente aquellos 50 centavos que aquel hombre deambulante en El Viejo San Juan donó sin titubear. Cada gesto ha sido importante y crucial.

Las situación no está fácil ni en la Isla ni en ninguna parte, pero a mí la misma sociedad de la que tanta gente se queja me ha enseñado que sí existe la capacidad de unión, que juntos somos fuertes, que dondequiera se puede crear familia. Somos más que una estructura monitoreada por gobiernos.

Somos aire, tierra, agua y fuego. Somos naturaleza, arte y canción. Gracias, gracias, gracias a todos los que me siguen enviando su luz y amor. Sigan haciéndolo, por favor, porque a esta a aventura en Filadelfia todavía le queda gasolina.