
Por Arq. Javier De Jesús Martínez
Decano
Escuela de Artes Diseño e Industrias Creativas
Hay estrenos que llegan como evento y hay otros que llegan como señal. Hasta que la celda nos separe, que se estrena el próximo 12 de febrero de 2026, pertenece a esta segunda categoría: no solo como película, sino como expresión de una trayectoria empresarial y creativa que se ha venido gestando en Puerto Rico con paciencia, método y una intuición poco común —entender el cine como plataforma, no como producto aislado.
Conozco a Mariana Emmanuelli Colón y Gabriel Ramirez Juan desde 2018. Los vi integrarse, junto a otras empresas emergentes, al primer cohorte de iniciativas creativas apoyadas por Nuestro Barrio en el Distrito Cultural de Santurce. En aquel momento en pleno escenario post-María, el país necesitaba algo más que reconstrucción física. Necesitaba reconstruir vínculos, reactivar confianza y ensayar nuevos modelos de sostenibilidad cultural y económica desde la base comunitaria.
Nuestro Barrio ya había articulado su plan estratégico y se aprestaba a activar una incubadora y aceleradora de negocios creativos como parte de un esfuerzo más amplio liderado desde la academia. La apuesta era clara: si la cultura iba a ser parte de la recuperación del país, tenía que contar con herramientas empresariales, redes de apoyo y una arquitectura institucional capaz de acompañar procesos complejos. Desde la Universidad del Sagrado Corazón, y particularmente desde la Escuela de Artes, Diseño e Industrias Creativas, se asumió ese reto como parte de una responsabilidad universitaria con su entorno.
Apalancando recursos del National Endowment for the Arts, el Puerto Rico Innovation Fund y la Fundación Banco Popular, se inauguró un espacio de apoyo a empresas de las industrias creativas dentro de la universidad: un lugar de co-trabajo, capacitación y acompañamiento estratégico, en alianza con NEEUKO – Centro de Innovación Colaborativa. Ese espacio no solo ofrecía recursos; ofrecía legitimidad, estructura y continuidad.
PicaFlor Entertainment fue parte de ese primer cohorte. Y desde el inicio se distinguía por algo que hoy se vuelve evidente: su vocación por habitar la intersección entre cine y tecnología como un solo campo de acción. Esa intuición no era retórica; era estructural. La propia composición del equipo fundador lo anticipaba: por un lado, la mirada creativa de guion y dirección; por otro, el rigor financiero y operacional capaz de diseñar y sostener la arquitectura del proyecto. Esa combinación —aún poco frecuente en nuestras industrias culturales— es una de las claves de su consistencia.
En aquellos años iniciales se exploraron también vínculos con procesos de innovación más amplios, como programas tipo I-Corps en Nueva York, precisamente porque el perfil de PicaFlor —cine + tecnología— dialogaba con lógicas industriales más complejas que las del circuito cultural tradicional. Había una intención clara de no limitar el proyecto al formato conocido, sino de situarlo en un terreno donde narrativa, modelo de negocio y experiencia de usuario se pensaran de forma integrada.
Ese impulso se materializa hoy en Hasta que la celda nos separe. Más allá de su trama, la película se presenta como una experiencia que propone algo particularmente relevante: la expansión del relato más allá de la pantalla. A través de una capa tecnológica, la audiencia puede interactuar con personajes y acceder a una metanarrativa que complementa la experiencia cinematográfica. El “off-screen space” deja de ser un borde invisible para convertirse en un territorio activo.
Este gesto resulta especialmente significativo si lo pensamos desde la educación en artes, diseño e industrias creativas. El cine es, quizá como ningún otro medio, un espacio de convergencia: convoca escritura, actuación, diseño, arquitectura, música, tecnología, producción y gestión cultural. El desarrollo de proyectos como este confirma la centralidad del audiovisual dentro del ecosistema creativo contemporáneo y su capacidad para articular múltiples disciplinas en una sola obra.
Desde mi marco de trabajo —la teoría de las 4C’s: Comunicación, Confianza, Colaboración y Co-creación— PicaFlor funciona como un caso de estudio elocuente. Hay una comunicación clara con su sector y su audiencia; una confianza construida a lo largo del tiempo; una red de colaboraciones institucionales, técnicas y creativas; y, de manera muy particular, una co-creación que se extiende hasta la experiencia del público. La innovación aquí no surge de un gesto aislado, sino de una ecología de prácticas sostenidas.
Esta columna es, por tanto, un anticipo. Una lectura del trasfondo, del ecosistema universitario y territorial que hizo posible el arranque, y de la promesa que Hasta que la celda nos separe trae consigo. La segunda parte —luego de verla— será una reflexión crítica y constructiva sobre la película, su dimensión tecnológica y lo que este proyecto abre para el cine puertorriqueño y para el desarrollo futuro de nuestras industrias creativas.
A veces el futuro no llega como consigna. Llega como una película que decide no quedarse en la pantalla.
