Defender el derecho a la educación es el deber de nuestra generación, defiende Tanairy Soto Rodríguez | inSagrado

Defender el derecho a la educación es el deber de nuestra generación, defiende Tanairy Soto Rodríguez

A continuación reproducimos textualmente el discurso de la Valedictorian de la Clase 2026.

La valedictoriana de la Clase 2026, Tanairy Soto Rodríguez, ofrece su discurso durante la octogésima séptima colación de grados de la Universidad del Sagrado Corazón.
(Comunicación Institucional)

Esta historia fue publicada originalmente en La Península, la revista del proyecto cocurricular EntreMedios del programa de Periodismo de la Escuela de Comunicación Ferré Rangel.

Buenos días, comunidad universitaria, facultad, familiares, amistades y compañeros graduandos.

Hay momentos en la vida en los que una generación tiene que decidir quién quiere ser. Esa es la reflexión principal que deseo compartir esta mañana.

Hoy celebramos un logro académico, sí, pero también algo más profundo: la oportunidad de preguntarnos quiénes queremos ser y qué haremos con la educación que hemos recibido.

Y, quizás, para responder esa pregunta, primero tengamos que repasar nuestras historias personales.

Soy Tanairy Soto Rodríguez. Mi historia comienza en Lares, en una familia que me enseñó que los sueños no dependen del lugar donde nacemos, sino de la determinación con la que decidimos perseguirlos.

Desde pequeña enfrenté retos en el ámbito educativo. Como estudiante con déficit de atención e hiperactividad, muchas veces fui vista como una niña inquieta o distraída. Sin embargo, detrás de aquella energía había algo más grande: una profunda curiosidad por aprender y un deseo genuino de ayudar a los demás.

Desde muy niña, soñé con llegar a la universidad. No porque pensara que un diploma resolvería todos los problemas, sino porque entendía que la educación tiene el poder de transformar vidas. La educación nos permite descubrir quiénes somos, desarrollar nuestros talentos y romper patrones que durante generaciones parecían imposibles de cambiar.

Recuerdo un momento que marcó mi vida. Mis padres nos dijeron a mi hermana y a mí que, aunque no tuvieron la oportunidad de completar sus estudios universitarios debido a las circunstancias de su época, harían todo lo posible para que nosotros sí pudiéramos alcanzar nuestros sueños. Nos prometieron que nunca nos cortarían las alas y que, hubiera o no recursos, harían todo lo que estuviera a su alcance para ayudarnos a llegar lejos.

Aquellas palabras se convirtieron en una promesa familiar y en una responsabilidad asumida con gratitud y compromiso.

Con el tiempo comprendí algo importante: mi historia no era una excepción. En cada una de estas sillas hay personas que también conocen el sacrificio, la incertidumbre y el esfuerzo que implica llegar hasta aquí.

Porque esta ceremonia no reúne una sola historia. Reúne la historia de toda una generación.

En cada una de estas sillas hay historias de perseverancia y esperanza. Hay estudiantes de primera generación universitaria. Hay jóvenes que trabajaron mientras estudiaban, que sostuvieron a sus familias, que enfrentaron dificultades económicas, problemas de salud, barreras sociales o desafíos personales que muchas veces nadie más vio.

Como una lareña que se mudó a estudiar en Santurce, no tengo duda de que los jóvenes de nuestros pueblos, sean del campo, de la costa o de la ciudad, tienen la capacidad de llegar tan lejos como se atrevan a soñar. Para ello, necesitan acceso a oportunidades y redes de apoyo. 

Esto lo viví durante mi paso por Sagrado. El Programa de Apoyo al Estudiante me acompañó durante mi trayectoria como estudiante de primera generación universitaria. Las becas institucionales que recibí durante mis años de estudio me recordaron constantemente que alguien había apostado por mi futuro. Ojalá que, en un futuro no muy lejano, muchos de los que estamos aquí podamos devolverle a nuestra Universidad a través del Programa de Becas.

También, experiencias en proyectos como EntreMedios, en los voluntariados, en los internados y en las oportunidades internacionales ampliaron mi visión del mundo y me permitieron comprender algo fundamental: la universidad no existe únicamente para formar profesionales; también existe para formar ciudadanos capaces de pensar críticamente sobre la realidad que heredan y sobre la que desean construir.

Mi formación ciudadana en Sagrado incluyó un intercambio estudiantil en la Universidad Jesuita de Guadalajara, en México. Allí confirmé que la educación sigue siendo una oportunidad inalcanzable para millones de personas.

En México, aproximadamente el 38.7 % de los niños y adolescentes viven en situación de pobreza, lo que equivale a cerca de 14 millones de personas. Además, alrededor de 6 millones de niños y jóvenes no asisten a la escuela. Tras la estadística, conocí historias reales que me obligaron a reflexionar sobre el privilegio que tenemos quienes tenemos acceso a la educación. 

Al regresar de mi experiencia de intercambio, comprendí que en Puerto Rico también enfrentamos uno de los mayores desafíos sociales: la pobreza. Cerca del 37% de nuestra población vive por debajo del umbral de pobreza y más de la mitad de nuestros niños crecen en hogares con dificultades económicas. Hemos sido testigos, además, de las luchas por defender el acceso a una educación de calidad y por proteger espacios educativos fundamentales para el país.

Asimismo, miles de estudiantes del Programa de Educación Especial continúan enfrentando barreras para acceder a las ayudas y los recursos que necesitan para desarrollarse plenamente. Detrás de cada cifra hay jóvenes con talentos, capacidades y aspiraciones extraordinarias que merecen oportunidades reales.

Estas realidades nos obligan a mirar más allá de nuestras historias individuales para conectar con nuestra historia común. 

La historia de una generación que ha tenido acceso a una educación universitaria y que hoy se gradúa en un momento marcado por desafíos sociales, económicos, tecnológicos y políticos. Una generación que ha crecido viendo cómo muchas personas cuestionan el valor de la educación universitaria que hemos recibido, mientras aumentan las desigualdades y la indiferencia corre el riesgo de convertirse en costumbre.

Pero también somos una generación que sabe que la Universidad sigue siendo la herramienta más poderosa para transformar sociedades.

Porque la Universidad nos enseña a analizar, cuestionar, investigar y comprender la complejidad de los problemas que enfrentamos. Nos permite reconocer la injusticia y nos enseña que imaginar y desarrollar soluciones es una responsabilidad compartida. 

Porque el verdadero significado de este diploma no se encuentra en el papel que hoy recibimos. Su valor radica en las decisiones que tomaremos a partir de ahora.

De esta generación saldrán periodistas que darán visibilidad a historias que permanecen en silencio. Saldrán emprendedores que crearán oportunidades para otros. Saldrán educadores, comunicadores, artistas, profesionales de la salud y líderes comprometidos con el bienestar colectivo.

No fuimos educados únicamente para encontrar un empleo o para acumular títulos. Fuimos educados para desarrollar criterio, comprender problemas y atrevernos a construir soluciones. Nuestra Universidad nos da una misión clara: construir justicia y paz desde todas las profesiones y en todos los espacios que habitemos.

Puerto Rico necesita una generación capaz de escuchar opiniones diversas, de construir puentes en lugar de divisiones y de reconocer que la diversidad de experiencias fortalece nuestras comunidades.

Necesitamos una generación con hambre de pensar diferente. Una generación que comprenda que el desarrollo no puede medirse únicamente por la acumulación desmedida de capital, sino por la capacidad de garantizar la dignidad de cada persona sin importar su origen o condición

Compañeros y compañeras, al final, las generaciones serán recordadas por las preguntas que se atrevieron a hacer y por las respuestas que decidieron construir.

La nuestra tendrá que responder cómo defenderá el acceso a la educación, cómo enfrentará la desigualdad, cómo protegerá la dignidad humana y cómo utilizará el avance tecnológico para el bien común.

Que este diploma represente más que una meta alcanzada:

  • Que refleje las luchas que nos llevaron a romper moldes y comenzar una nueva historia para nuestras vidas y nuestro país.
  • Que represente una responsabilidad.
  • Que represente nuestro compromiso con quienes han estado antes y con quienes vendrán después.
  • Que represente nuestra voluntad de servir.

Desde la Fe, evoquemos aquello que nos recuerda 1 Pedro 4:10: ‘Cada uno ponga al servicio de los demás el don que ha recibido’.

Muchas gracias y felicidades, Clase 2026. 

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