
Por Paola N. Maldonado Cruz
Estudiante de Periodismo
En Barrio Obrero, sector Marina, donde las calles guardan historias que se transmiten de generación en generación, Laura Hernández Cartagena recuerda su infancia en pequeños fragmentos pero significativos. Uno de sus primeros recuerdos ocurre en la calle 15, montada en su bicicleta mientras recorría el barrio que la vio crecer. En ocasiones también viajaba en el carrito de su abuelo, quien la paseaba por las calles del barrio, mientras ella observaba la vida cotidiana que se movía a su alrededor. Esas son algunas de las memorias que conserva de su niñez, pues se describe a sí misma como una niña reservada y observadora.
Laura ha vivido toda su vida en Barrio Obrero junto a su familia. Sus raíces familiares se dividen entre dos pueblos de la isla: la familia materna proviene de Ciales, Puerto Rico, y por parte de la familia paterna de Morovis, Puerto Rico. Sin embargo, ambos padres crecieron en Barrio Obrero, lo que fortaleció su vínculo con la comunidad mucho antes de formar su propia familia. Fue precisamente allí donde se conocieron, en el negocio familiar, un colmado llamado La Copa del Chévere, ubicado en la calle 16. En este colmado también se reúnen los residentes a conversar, compartir historias y comprar lo necesario para el día a día.
La vida de Laura también ha estado marcada por un desafío poco común. Desde pequeña vive con una enfermedad genética conocida como síndrome de Gaucher tipo 1, una condición rara que ha formado parte de su historia personal. Lejos de detenerla, esa experiencia ha contribuido a fortalecer su sensibilidad hacia los demás y a desarrollar una empatía profunda por las personas que enfrentan dificultades.
Cuando describe lo que significó crecer en Barrio Obrero, Laura utiliza una palabra que podría sorprender: caos. Sin embargo, en su voz, ese caos se transforma en algo positivo. “Crecer en Barrio Obrero ha sido una experiencia caótica, pero también es mi esencia”, afirmó. Para ella, cada día traía algo distinto. “Todos los días eran diferentes. Siempre estábamos aventurándonos en distintas actividades”, recuerda. Fue también en el mismo barrio donde estudió y encontró a las amistades que le acompañaron durante su crecimiento.
A pesar de los retos que muchas veces se asocian con comunidades empobrecidas, Laura habla de su barrio con orgullo. “Me encantó crecer en la comunidad. Si pudiera volver a vivirlo, no lo cambiaría”, expresó. Cuando se le pregunta qué siente al hablar de Barrio Obrero, su respuesta refleja una profunda conexión con el lugar donde creció. “Siento felicidad y excelencia. Cuando uno habla de un barrio empobrecido, siempre piensa en cosas negativas, pero cuando uno empieza a ver lo que puede crear desde una experiencia de barrio y las vivencias que uno tiene todos los días navegando dentro de su comunidad y generando diferentes habilidades, es enriquecedor”, expresó. Para ella, esas experiencias y habilidades forman parte de algo que ha cultivado con el tiempo. “Siento que es algo que yo creé, que cultivé, y que lo puedo llevar a todas partes a las cuales vaya”.

Hoy, a sus 23 años, Laura se desempeña como presidenta de su comunidad, un rol que asumió con orgullo, pero también con conciencia de los retos que implica. Ser líder joven en su propio barrio no siempre ha sido sencillo. “Ser tan joven trae complicaciones, porque a veces las personas pueden llegar a dudar de tu capacidad para liderar”, expuso. Sin embargo, su camino hacia el liderazgo comenzó años antes de asumir la presidencia.
Durante sus años en la escuela superior Albert Einstein, ubicada en el mismo barrio, Laura comenzó a involucrarse en procesos comunitarios. Allí participó en un grupo ambiental, donde empezó a desarrollar habilidades de liderazgo, aprendió a hablar en público y descubrió la importancia de trabajar en equipo. Esa experiencia marcaría profundamente su vida.
Más adelante fue invitada a participar en una asamblea comunitaria, donde se elegirían nuevos miembros de la junta. En ese momento decidió postularse como vocal. A partir de ahí comenzó a involucrarse cada vez más en los procesos comunitarios, participando activamente en iniciativas y actividades dirigidas al bienestar del barrio. Fue también en ese proceso donde descubrió la vocación que hoy guía su vida: el trabajo social.
En la actualidad, Laura estudia Trabajo Social en la Universidad del Sagrado Corazón, una decisión que nació precisamente de su experiencia en la lucha comunitaria. “No diré que es fácil, porque no lo es, pero siento una pasión. Me divierte aprender algo nuevo en las clases y saber que tengo un equipo de profesores y compañeros que siempre están ahí para mí”, afirmó.
No obstante, liderar una comunidad en el contexto actual ha traído desafíos complejos. Para Laura, uno de los cambios más difíciles ha sido la pérdida del sentido de comunidad entre los residentes. “Creo que lo más difícil ha sido ver cómo se pierde esa unión entre vecinos”, expuso. Según explica, el miedo y la desconfianza han comenzado a afectar la manera en la que las personas interactúan entre sí y participan de actividades comunitarias.
La situación se ha intensificado con la presencia de U.S. Immigration and Customs Enforcement en la zona. Laura explica que el ambiente en el barrio ha cambiado notablemente. “La manera en que la gente interactúa con sus vecinos ha cambiado. La gente ya no sale igual a la calle ni participa de procesos comunitarios por el miedo de que aparezca ICE”, señaló. Ese ambiente de incertidumbre ha hecho que sea más difícil organizar actividades y fortalecer la conexión comunitaria.
Aun así, Laura continúa creyendo en el poder del trabajo colectivo y en la importancia de seguir construyendo comunidad. Sus aspiraciones profesionales reflejan ese compromiso. Sueña con trabajar como trabajadora social en una organización sin fines de lucro en Washington D.C., donde espera continuar ayudando a comunidades vulnerables. Si ese camino no se concreta, también contempla realizar una maestría en Puerto Rico, posiblemente en la Universidad de Puerto Rico, en el área administrativa o comunitaria.
Más allá de sus responsabilidades académicas y comunitarias, Laura también encuentra alegría en los pequeños detalles de la vida cotidiana. Es amante de los animales y disfruta los momentos de calma que le permiten reconectarse consigo misma. Pero incluso en esos momentos, su compromiso con los demás sigue siendo el motor que guía sus decisiones.
Para Laura Hernández Cartagena, Barrio Obrero no es simplemente el lugar donde vive. Es el espacio donde aprendió a observar el mundo, a entender las luchas de los demás y a descubrir su propósito. Las calles que una vez recorrió en bicicleta y los paseos con su abuelo forman parte de la historia que hoy la impulsa a seguir luchando por su comunidad. Y aunque el camino del liderazgo esté lleno de retos, Laura continúa apostando por la esperanza de que incluso en medio de la incertidumbre, la comunidad puede volver a encontrarse.
Nota editorial
Este perfil periodístico surge como resultado de las experiencias de aprendizaje en servicio, realizadas en el curso PER 223: Periodismo Narrativo, impartido por la profesora Mariliana Torres Pagán en colaboración con el programa de Vinculación Comunitaria de Sagrado, la fundación Barrio Obrero Oeste se Reinventa y el Proyecto Enlace del Caño Martín Peña.
