
Por: Orlianis D. Oliveras Muñoz
Estudiante de Periodismo
La lluvia caía sobre los pasillos de la Universidad del Sagrado Corazón cuando Doris Pizarro llegó al Centro de Estudiantes. No hubo presentación formal. Se acercó y, antes de cualquier pregunta, abrazó a la periodista. Así comenzó la conversación: sin distancia, sin protocolo. Ese primer gesto marcó el tono del encuentro y adelantó la manera en que Pizarro se relaciona con los demás.
Trabajadora social comunitaria, profesora retirada y activista, Pizarro no se presenta desde títulos, sino desde la cercanía. A lo largo del encuentro, su forma de hablar cambia según lo que recuerda. Cuando menciona su infancia, sonríe. “Pobre, pero feliz”, dice al describir sus primeros años. La frase resume una etapa marcada tanto por las limitaciones como por la unión familiar.
Creció en una familia numerosa, donde compartir formaba parte de la vida diaria. Más allá de la falta de recursos, señala que en su hogar existía un ambiente que permitía pensar y tomar decisiones propias. Ese espacio influyó en la manera en que comenzó a entender su entorno desde temprana edad y en cómo desarrolló una mirada crítica sobre lo que ocurría a su alrededor.
El tono cambia cuando habla de otras experiencias. Se detiene, baja la velocidad y mide sus palabras. Recuerda una escena en la escuela que aún conserva con claridad. Quiso ser la Virgen María en una actividad, pero la maestra se lo negó. “La Virgen María era rubia, blanca y de ojos azules”, le dijeron. No lo dramatiza, pero tampoco lo suaviza. Hace una pausa antes de continuar, como si ese momento todavía tuviera peso en su memoria.
“Yo nací preguntando por qué”.
Ese cuestionamiento atraviesa su historia. Desde temprana edad se tradujo en acción. A los 13 años ya participaba en movimientos estudiantiles. “Yo milité antes de ser señorita”, comenta con naturalidad. En su relato, ese paso no aparece como algo aislado, sino como parte de un proceso que ya venía desarrollándose.
Su paso por la universidad estuvo marcado por ese mismo impulso. Participó en luchas políticas y procesos organizativos que eventualmente llevaron a su expulsión. No lo describe como una ruptura ni como una derrota, sino como parte de una trayectoria más amplia. “Eso fue parte del proceso”, señala al referirse a esa etapa.
A partir de ese momento, su trabajo se desplaza hacia otros espacios. Comunidades, sindicatos y organizaciones se convierten en el centro de su vida. Participa en procesos de organización comunitaria y en luchas sociales que muchas veces no se documentan ni se reconocen públicamente. Cuando habla de estas experiencias, su tono es más firme. “Ahí fue donde realmente aprendí”, comenta en referencia a ese trabajo de base, enfatizando el valor del aprendizaje fuera de los espacios formales.
En medio de ese recorrido, hay una idea constante: “Nunca hago nada sola”. La frase no se presenta como consigna, sino como una práctica. Cada experiencia que menciona está vinculada a lo colectivo, a procesos compartidos y a la colaboración con otros. “El trabajo es colectivo”, afirma.
“Las comunidades son las que salvan a este país”.
La afirmación es directa. No la amplía en ese momento, pero se sostiene a lo largo de todo su relato, donde el énfasis siempre recae en el trabajo en comunidad y en la organización colectiva como motor de cambio.
Su trayectoria también incluye experiencias fuera de Puerto Rico, como su trabajo en Cuba y su participación en espacios internacionales vinculados a procesos políticos y sociales. Incluso al hablar de esos momentos, mantiene el mismo enfoque: no coloca el énfasis en lo individual, sino en los procesos compartidos. “No se trata de uno”, dice, reforzando esa visión.
Con el paso del tiempo, regresa al Caño Martín Peña, el espacio que marcó sus inicios. No describe ese regreso como una decisión aislada, sino como una continuidad de su trayectoria. Cuando se le pregunta por qué volvió, responde: “El amor… y el sentido de justicia”.
Actualmente, continúa vinculada al trabajo comunitario. Participa en proyectos, colabora con iniciativas locales y mantiene una presencia activa en distintos espacios. Sin embargo, evita el protagonismo. Señala que aprendió a “sentarse en tercera fila”, una forma de explicar su rol dentro de los procesos colectivos sin colocarse en el centro.
A medida que la entrevista avanza, se hace evidente que su historia no se divide en etapas aisladas. La infancia, la educación, la militancia y el trabajo comunitario forman parte de una misma continuidad que se mantiene a lo largo del tiempo.
Mientras la conversación se acerca a su final, la lluvia comienza a ceder. La luz cambia poco a poco en la Universidad del Sagrado Corazón. Recogen sus cosas y se disponen a salir.
Al notar que la periodista se marcharía a pie, Pizarro le ofrece llevarla. Ambas salen del campus en su carro y la conversación continúa, esta vez sin grabadora. Mientras esperan la llegada del abuelo, sigue compartiendo historias, como lo hizo durante toda la entrevista, sin que el cierre marque un cambio en la forma en que se relaciona.
Ese momento confirma lo que se había mostrado desde el inicio: su forma de interactuar no se limita al espacio de la entrevista, sino que se mantiene en lo cotidiano.
Nota editorial
Este perfil periodístico surge como resultado de las experiencias de aprendizaje en servicio, realizadas en el curso PER 223: Periodismo Narrativo, impartido por la profesora Mariliana Torres Pagán en colaboración con el programa de Vinculación Comunitaria de Sagrado, la fundación Barrio Obrero Oeste se Reinventa y el Proyecto Enlace del Caño Martín Peña.
