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Voces del Caño | Roberto Rivera García: Un maestro con compromiso comunitario

Por Alex O. Calderón Cruz
Estudiante de Periodismo

A las tres de la tarde, en una calle de Barrio Obrero, una puerta se abre y los niños comienzan a llegar. Algunos vienen con mochilas gastadas, con uniforme todavía puesto, y muchos con historias que no caben en un salón de clases. Adentro, no los espera una escuela, los espera una casa. 

“Si alguien entra aquí, lo que ve es eso… una casa que te acoge”, dice Roberto Rivera García, mientras observa el movimiento de la tarde en La Casita de Amigos de Jesús. Para los niños, no es un centro comunitario. Es su casita. 

Roberto no se fue nunca del todo de Barrio Obrero. Aunque hoy vive en Loíza, insiste en regresar casi todos los días, como si el barrio lo llamara de vuelta a su origen. “Yo no voy a dejar mis raíces. Estas son mis raíces. Yo crecí aquí, yo nací aquí y me siento feliz aquí”. Su historia comienza entre esas mismas calles. Creció en un hogar donde no faltó lo material , su padre incluso construyó la primera casa de cemento en su área, pero sí hubo ausencias más profundas. Su padre luchaba contra el alcoholismo, y aunque nunca faltó comida, sí faltó la presencia de un padre presente. Esa ausencia lo marcó. 

“Eso fue lo que me enseñó a no ser así”, dice. Hoy, Roberto es padre de dos hijos adultos y un maestro que desborda el afecto y amor que a él le faltó. 

Antes de convertirse en educador, pensó en ser farmacéutico. Era una decisión práctica, guiada por la estabilidad económica. Pero tras sumergirse en el mundo de las ciencias, entendió que ese no era su lugar. “Yo soy una persona activa, movida… lo mío es trabajar con gente”. Encontró su vocación en la educación, y desde entonces no ha soltado ese camino. Ser maestro, para Roberto, no termina en el salón de clases. En la escuela Facundo Bueso, donde trabaja, convirtió las paredes en un museo: 24 murales diseñados por él y pintados junto a sus estudiantes. Su salón no se parece a ninguno pues está lleno de murales preciosos y coloridos. 

Una vez, quisieron cubrirlos con pintura. Su respuesta fue clara: si tocaban sus murales, se amarraba al portón de la escuela y formaba un “revolú”. No fue solo una amenaza. Escribió al Secretario de Educación, defendió su espacio, y logró que se respetara el trabajo artístico. “Eso es de los estudiantes”, insiste. Roberto defiende lo suyo. Y lo suyo, muchas veces, son sus estudiantes. 

La Casita de Amigos de Jesús nació de una oportunidad inesperada. El espacio pertenecía a Hogar Crea y estaba siendo subastado. Terminó en manos de su organización sin fines de lucro. Con el tiempo, Roberto y su esposa, también maestra, lo transformaron en algo más. Hoy, de lunes a miércoles desde las tres de la tarde, ese lugar se llena de vida. Allí no solo hay tutorías. Hay meriendas, clases de teatro, música, baile, arte. Hay alfabetización para adultos que nunca aprendieron a leer. También jóvenes que llegan a realizar horas comunitarias y terminan encontrando un propósito. También hay fe, en la Casita se preparan niños para la primera comunión, pero más que eso, se forman personas. 

Los niños que llegan vienen de contextos complejos: pobreza extrema, hogares inestables, condiciones de vivienda deterioradas. Roberto los describe sin adornos: paredes con hongo, techos expuestos, carencias profundas. Pero dentro de la Casita, algo cambia. Se sienten seguros, se sienten vistos, se sienten en casa. 

Una de las experiencias que más lo marcó ocurrió tras el huracán María. Una familia con cuatro niños lo perdió todo. Su casa, de madera, no resistió. Roberto y su esposa no lo pensaron dos veces. Los acogieron en su hogar por ocho meses. “El gobierno no ayudó en nada”, recuerda. Fueron la escuela, la iglesia y hasta un supermercado quienes aportaron para reconstruir el techo de esa familia. Esa historia, más que cualquier otra, define su vocación. 

Pero no todo es sacrificio. Roberto también vive el arte. Da clases de teatro, canta en el Coro Nacional de Puerto Rico, participó por más de 20 años en el coro de la Universidad Interamericana, y actualmente canta en el Coro de Cantera. No tiene tiempo libre. O, mejor dicho, su tiempo libre es hacer lo que ama. 

Cada año, la Casita produce un musical. “Jesucristo Superstar”, “La vida de San Juan Bosco”, “Domingo Savio”. Los niños actúan, cantan, se transforman. Y con ese esfuerzo, financian el proyecto. 

“Así es que nos bandeamos”, dice. Todo lo que hacen es voluntario. 

San Juan Bosco, el sacerdote que dedicó su vida a los jóvenes, fue la chispa que encendió este proyecto. Roberto encontró en esa figura un modelo de vida. Uno basado en la entrega total. A pesar de las dificultades, Roberto no habla de Barrio Obrero como un lugar perdido. Lo describe en una sola palabra, “Paraíso”. Para él, el barrio no es pobreza, es una comunidad. “Cuando viene un temporal, todos se unen. Si hace falta algo, aparecen. Hay camaradería”. 

Reconoce los problemas, drogas, pobreza, desigualdad, pero también señala algo que, según él, los medios ignoran. “La prensa solo saca lo malo, no hablan de los profesionales que salen de aquí”. Esa narrativa, dice, ha marcado al barrio injustamente. 

Sobre el dragado del Caño Martín Peña, su postura es clara: es necesario. “Es justo”, afirma. Sabe que habrá desplazamientos, que no todos estarán de acuerdo, pero también entiende que sin intervención, la pobreza seguirá estancada. Es una visión compleja, sin romanticismo. 

Roberto mira hacia el futuro con esperanza. Imagina un Barrio Obrero con menos criminalidad, menos pobreza, más oportunidades. 

Sueña con ver a los jóvenes progresar, hacer deporte, desarrollarse. 

Y, sobre todo, sueña con continuidad. Le gustaría que algún día, los mismos niños de la Casita sean quienes continúen la misión. 

Una vez, mientras se preparaba para una cirugía, una enfermera se le acercó. “Yo lo conozco a usted”, le dijo. Luego miró a los médicos y dijo: “Tratenlo bien… gracias a ese maestro yo soy enfermera”. 

Ese momento, más que cualquier reconocimiento formal, resume su legado. 

En Barrio Obrero, donde muchos ven abandono, Roberto Rivera García ha construido un hogar. Uno donde la educación no es sólo enseñanza. Es refugio, dignidad y es amor. Y todos los días, a las tres de la tarde, vuelve a abrir sus puertas. 

Como estudiante de escuela que algún día fui, me conmueve todo lo que Roberto Rivera García hace por sus estudiantes y los niños de su comunidad. Hacen falta muchos maestros con ese nivel de compromiso y vocación que tienen él y su señora esposa. En la actualidad, con la problemática de la tecnología, la falta de los valores en el hogar y la presión grupal, maestros así pueden ser la diferencia entre un estudiante dirigido con oportunidades y uno que se pierde en el camino.  

Más allá de las limitaciones del sistema o la falta de apoyo gubernamental, la historia de Roberto Rivera García evidencia cómo el compromiso individual puede impactar profundamente una comunidad. Su ejemplo obliga a repensar el rol del educador en la sociedad y a reconocer que en muchas ocasiones, el cambio comienza con una sola persona dispuesta a servir. 

Nota editorial
Este perfil periodístico surge como resultado de las experiencias de aprendizaje en servicio, realizadas en el curso PER 223: Periodismo Narrativo, impartido por la profesora Mariliana Torres Pagán en colaboración con el programa de Vinculación Comunitaria de Sagrado, la fundación Barrio Obrero Oeste se Reinventa y el Proyecto Enlace del Caño Martín Peña.

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